Reinserción social

25 Agosto 2008

Has dormido todo el día, así que, aunque es tarde, no te apetece ir a dormir y piensas en salir a comprar tabaco. No es que tengas ganas de fumar, es más por hacer algo y ya es demasiado tarde para llamar a nadie, así que te vistes y bajas a la calle.

Atraviesas la terraza del bar y te diriges a la máquina expendedora después de pedir que te la activen y adquieres tu cajetilla. Antes de cruzar la puerta, te das cuenta que has olvidado coger el mechero. No tienes ganas de volver a casa, quieres dar una vuelta por el barrio, así que tendrás que pedir fuego. Parado en la puerta del bar, evalúas a quién, de los que están en la terraza se lo pedirás. La pareja no fuma, así que te diriges al señor que se parapeta, reflexivo, tras su cerveza y su cigarrillo liado, un señor mayor de barba espesa y cana. Educadamente, le preguntas si sería tan amable de darte fuego a lo que consiente con un movimiento de cabeza, como el de un rey concediendo su súplica a un vasallo. Mientras busca, sereno, el mechero en su bolsillo, le das las gracias. Te extiende el mechero y enciendes el cigarrillo. Le devuelves el mechero sosteniéndolo por un extremo y él lo toma, como por un azar innecesario uno de su índice acaricia el tuyo. Le das las buenas noches y, al girarte, ves su carro de la compra destartalado, atiborrado de bolsas y cordeles, aparcado un par de metros más allá.

¿Cuánto tiempo debe de hacer que nadie se dirigía a ese hombre con la educación y el respeto con que se tratan las personas que viven en sociedad? ¿Cuánto tiempo que no tenía un contacto físico que no encontrara como respuesta el asco o el miedo?