El monstruo austriaco
6 Mayo 2008
Hace tiempo que me interesa el horror y la barbarie, cómo la gente se posiciona ante ellos. De los libros de Primo Levi o Jorge Semprún, sorprende más la cotidianidad que el horror que relatan, uno de los mayores de la historia de la humanidad.
Estos días me han sorprendido las reacciones de la gente ante el “monstruo austriaco”. Esta forma de llamarlo pretende subrayar su inhumanidad, alejarlo de nosotros, hacérnoslo ajeno. Sin embargo, yo me niego a verlo como algo tan diferente de los pequeños horrores que vivimos cada día: los maltratos en la pareja, a los hijos, a los ancianos… La gente se pregunta cómo podían no ver los que estaban cerca, culpan a otra víctima: la madre, la eterna culpable: cómo pudo no ver, repiten. No se dan cuenta que, probablemente, esa mujer vivía como podía su infierno compartido, probablemente prefería también no ver, como prefieren no ver y no entender los periodistas que han apodado a ese hombre el “monstruo austriaco”, como prefieren no ver y no entender todos los que quieren alejar el horror de sus vidas, decir que no existe, tomarlo por imposible.
Es difícil enfrentarse a la propia vida y ver sus pequeños o grandes horrores; preferimos, a menudo, no ver, no pensar, no entender, no sufrir, hacemos ver que eso no está pasando.
La historia del “monstruo austriaco” nos puede sorprender por grado, pero no por su materia. Pues cada día convivimos con esa materia y muchas veces le decimos a la víctima: aguanta un poco más o no es para tanto.

