A media noche te despierta para que te coloques bajo el edredón, a su lado. El modo como se acurruca entre tus brazos y tu pecho te hace sentir el hombre más fuerte del mundo. Los pitidos de batería baja del móvil no te dejan dormirte del todo, pero te da pereza levantarte otra vez para apagarlo. Te tienes que ir, tienes que pasar por casa y ducharte, llegarás tarde a la comida con tus padres, pero te dejas agasajar un poco más, hasta que ya no es posible posponer el momento de la partida. Me tengo que ir, dices, mientras te quedas un poco más. Voy contigo, dice, y te hace reir, así, dice, como un parásito, y piensas en que la imagen está muy mal escogida. No duerme, te mira como te vistes y eso te pone nervioso. Ya casi en la puerta, te llama para pedirte tu número, sabes que no te va a llamar, pero se lo das. Se ríe continuamente con una sonrisa preciosa y te mira con el interés con que sólo miran los niños.

De camino a casa, escoges las aceras soleadas y piensas que ya está aquí la playa y que los chicos empiezan a llevar menos ropa. No vas a comprar tabaco, ayer fumaste más de la cuenta. La comida familiar se alarga y llegas tarde también al cine. Como ayer pagaste todas las copas, tu amiga compra las entradas, los refrescos y las palomitas. Con los sobresaltos de tu amiga, la mitad de las palomitas van a parar al suelo. Vuelves a casa, haces un poco de limpieza y te preparas una ensalada para mitigar los excesos del día. Compruebas por última vez el móvil y ves que no hay ningún mensaje, tampoco lo esperabas.

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