El sentido de las ficciones
1 Mayo 2008
A media mañana recibe una llamada y se levanta de la cama. Le piden un teléfono del que dice que no dispone y da unas instrucciones que no entiendes para que la otra persona lo encuentre. Vuelve a la cama y te pierdes en sus brazos fuertes, en su pecho. El móvil sigue haciendo señales toda la mañana. Pasado el mediodía, te dice que se tiene que ir, siempre se tienen que ir, piensas. Voy contigo, dices y le hace reír, así, dices, como un parásito. No te levantes, dice, duerme. Tiene nombre de emperador romano y vive en una calle con nombre de filósofo romano, también habla un francés perfecto.
Piensas que vas a estudiar, pero no te apetece, no tienes la cabeza clara. El tabaco se ha acabado. Sales a dar una vuelta, que no se diga que no has salido de casa, y ves a gente con gente y los envidias, calladamente, ellos siempre tienen alguien que los acompañe, siempre tienen algo que hacer. Te sientas solo en una terraza y te pides una clara, el sabor más refrescante de los que existen, el sol pega fuerte, lees los titulares de un periódico que alguien ha dejado sobre la silla de al lado. Pagas con un billete de veinte euros, ahora ya tienes cambio para tabaco. Vuelves a casa y te fumas el paquete entero mientras estudias y ves una película. Entonces, vuelves a preguntarte, como estos días atrás, por el sentido de las ficciones y sobre si, realmente, se puede aprender algo de ellas.

