Yo no tengo perro
15 Abril 2008
Cuando mi hermano trajo, hace años, un cachorro precioso a casa, mi madre hizo un referéndum entre los hermanos. Fue una pequeña lección de democracia, planteada como debe ser: los derechos implican obligaciones.
“Si queréis tener un perro –nos dijo–, deberéis ocuparos de él, incluyendo sacarlo a pasear cada día.”, eso tan engorroso. Fui el único que dijo que no, que yo no quería perro y que como el perro no sería mío, no lo sacaría. Pero claro, la democracia es como es y, aprobada la propuesta, me tocó ocuparme de él a mí también, mis hermanos no iban a permitirme jugar con él si no me ocupaba, del mismo modo, de la parte ingrata.
Con el tiempo, voy a confesarlo, establecimos una relación especial, diferente de la que el muy animal mantiene con el resto de la familia, diría que incluso le cogí cariño. Me jacto de ser la persona que puede hacerlo ladrar haciendo lo más mínimo, véase: mover el dedo meñique. Y es que es un perro muy especial, en casa estamos convencidos que se cree que es una persona y, probablemente, esté en lo cierto.
Hace unos días, descubrí que tiene un antepasado que emigró a América y que, en cierta ocasión, Eduardo Galeano se cruzó con uno de los descendientes de ese perro viajero. Dejó constancia de ello en El libro de los abrazos, en el apunte “Crónica de la ciudad de Quito”.
(Gracias VA.)

