Decía mi admirada Maguerite Duras que una película no debe durar más de noventa minutos, y yo siempre había creído en su afirmación. Después de haber visto el Barry Lyndon de Kubrick (178 minutos) y recordando Eyes Wide Shut (159 minutos), que también me clavó en la butaca del cine, tengo que reconocer que quizás estábamos equivocados.

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