Treintañero con blog

7 Febrero 2008

Vuelve a ser jueves y, mañana, otra vez será viernes y, de nuevo, llegará el fin de semana.

Últimamente, se diría que veo el tiempo volar ante mis ojos y no me doy cuenta de que lo que realmente hace es deslizarse raudo bajo mis pies. Cada jueves, comento que ya es jueves y cada viernes, digo que ya está aquí el fin de semana y el domingo por la tarde, con esa melancolía tan de domingo por la tarde, me doy cuenta que ya pasó.

Antes, cuando era joven (no voy a caer en el autoengaño de colocar un “más” delante de joven), el tiempo no pasaba, no se gastaba, simplemente, avanzaba. Quizá la diferencia la haya marcado tener un trabajo con un salario “decente”, salir de la rueda de los estudios y los trabajos precarios. Acomodado en ese sitio nada cómodo que es la mesa de la oficina, veo acercarse los cuarenta, impasibles, y yo que los espero del mismo modo.

Buscando nombre para este blog escudriñé lo que todavía pensaba que soy y no encontré nada que quisiera ser todavía. Me era todo lejano y pensé que no quería ya nada de eso, que todo lo que fui y todo lo que leí en el instituto y en la universidad ya no era yo, seguía constituyéndome, formando parte de mi, pero ya no me reconocía en ello.

De repente, se me hizo la luz y encontré el vínculo entre los dos mundos, en un proyecto que había escrito hace mucho tiempo, era un fragmento, una idea: existe una puerta que une este mundo con el mundo de los deseos y los sueños.

Aquello en lo que me reconocía en ese tiempo que no pasaba, la carne de aquello que, aún hace unos días, pensaba que yo era, se había transmutado hasta el punto de parecerme ajeno.

Sin embargo, me di cuenta que había algo que no había cambiado, mucho de lo que yo quería entonces es todavía lo que yo quiero, o eso creí.